Testimonios

Estas entrevistas testimoniales fueron realizadas por la periodista y poeta Myriam Moscona para el proyecto de conservación del archivo de Marcos Kurtycz gracias al apoyo del Programa de Fomento a Proyectos y Coinversiones Culturales del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.

Conversación con Patricia Sloane

A Marcos le encantaba alterar el orden. La primera vez que nos vimos fue en casa de Fernando Ortiz Monasterio y de Rosalba Garza. Marcos hizo un performance en el jardín. Le encantaba la idea de épater le bourgeois. Has de cuenta que en vez de invitar al mago, Marcos era el entertainer de la fiesta. Siempre con un discurso subversivo, y claro, con el riesgo de incendiar la casa con todo e invitados. Eso ocurrió a finales de los setenta pero mi verdadera relación con él fue posterior. Yo tenía la galería Sloane-Racota y hay que reconocerlo, estábamos dominadas por las ideas estéticas de Alberto Gironella, pareja de Sanda, mi socia, ideas que no comulgaban en lo más mínimo con las de Kurtycz. Cuando Sanda dejó la galería fue cuando Marcos se acercó más al espacio debido a su amistad con Rosalba, mi nueva socia. Ni por asomo lo hacía para ser representado por la galería o cosa por el estilo.

Me impacta la ignorancia en que estábamos sumidos en el país. Fernando Gamboa era el gurú. El INBA dominaba con su discurso oficial. Por otro lado, existía el grupo de “los rupturos”. Era, en su conjunto, un mundo que no hacía contacto con el exterior. México, en este terreno, era una burbuja auto referente y desconectada del resto del planeta. Lo que vino a romper ese estado de cosas fue, en cierta medida, la revista Artes visuales que hacía Carla Stellweg. Ella nos descubrió una serie de eventos artísticos en Nueva York o en centros europeos que nos abrieron los ojos para darnos cuenta que había todo un mundo más allá de las ideas de Fernando Gamboa.
Marcos Kurtycz en todo ese contexto fue un precursor. La artista cubana Ana Mendieta, por ejemplo, ya había estado en México pero pasó de noche. El gran crítico era Juan García Ponce, limitado en su gusto (como cualquier crítico) volcado en atender a nueve pintores a quienes seguía en todo. Me refiero a los integrantes de “la ruptura”.

Una galería que quisiera vender jamás promovía prácticas alternativas o callejeras. Los espacios eran mínimos. Recuerdo que un día Marcos Kurtycz se les presentó en una inauguración a las Pecanins. Llegó con uno de sus desplantes habituales y ellas sintieron que les había estropeado su fiesta. Nunca lo vieron con ojos de artista. Su propuesta no era parte de un mundo “aceptable”. Había algunos creadores como Gurrola o Jodorowsky que habían irrumpido en el orden impuesto por Bellas Artes. Eran iconoclastas de hueso colorado y por eso no entraban en el mundillo de los artistas que giraban alrededor del discurso del tipo “cuidemos nuestro patrimonio” Artistas como Marcos Kurtycz eran totalmente marginales, indignos de voltearse a ver según los cánones nacionales. México casi no participaba del arte universal. Algunos artistas menos convencionales fueron atomizados por Bellas Artes. Por ejemplo, Maris Bustamante, Ricardo Rocha, Felipe Ehrenberg y ¡hasta Sebastián!
Por ese entonces Marcos llegó a México pero no interactuaba con ellos.

El discurso de Marcos tenía una carga política en Polonia, aquí no. Durante años estuvo de clandestino, sin papeles, no podía hacerse muy visible. Cerca del 83 o del 84 a raíz de mi propio instinto y de ver, de escuchar, entendí que Marcos era un iconoclasta distinto. Hizo tres eventos de performance en la galería. Nosotros ofrecíamos algo que quizás él no tenía en ese momento: una credibilidad (que habíamos construido a través de otros artistas). Y él venía a hacer lo que le daba la gana. Era un tipo muy informado, muy obsesivo y sí, tenía su vanidad. Para ser performancero hay que tenerla. La esencia de Kurtycz no era ser un artista formal ni un hombre de teatro, sino romper moldes, levantar cuestionamientos, obligar a la reflexión.

La parte de la invención jamás tuvo el móvil del dinero. Era un tipo muy privado, no se dejaba seducir por el poder. Las relaciones las establecía él porque le interesaban y era hábil y sabio para hacerlo, un hombre absolutamente seductor. El te escogía.

Ahora Marcos Kurtycz es un ser mítico para las nuevas generaciones. Poca gente lo conoció porque Marcos no iba a los reventones ni a las inauguraciones (a no ser que fuera a presentarse con alguno de sus performances. ¿Sabes qué más tenía Kurtycz? Una tesis acerca de la comunicación. Sabía cómo mandar un mensaje, cómo asegurarse de que lo recibieras, eso es una parte fundamental de su obra. Al ver sus envíos, a pesar de ser invasivo, no podías resistirte a abrir ese mensaje. Otros artistas hacen lo mismo con la cámara: irrumpen en tu intimidad, eso es algo que literalmente Marcos lograba valiéndose del cartero y del servicio de correos.

En alguna ocasión yo le debía dinero y no lograba juntar para pagarle. El jamás te llamaba para eso. Sólo se aparecía. Su forma de irrumpir era muy peculiar, como un auténtico felino, sin hacer ruido, con cautela, nunca lo escuchabas llegar. Ese día llevó su hacha a la galería y se sentó frente a mi escritorio sin decir palabra. Yo, en cambio, hablaba sin parar, explicándole más de la cuenta mis motivos y justificaciones. El seguía sin emitir sonido y yo cada vez más intimidada. De pronto alcé el teléfono y hablé al banco para que me prestaran dinero, pero no lo conseguí . Mi angustia era tal que me paré de allí y lo dejé solo con su hacha en mi oficina. Salí a la calle y por suerte me encontré a Carlos Payán que me vio acercarme con mala cara. Pues qué te pasa. Pues tal y tal y fíjate que arriba está Marcos Kurtycz sin moverse.

Me acompañó y sí, en efecto, pudo constatar que seguía sentado con su hacha. El aire podía cortarse con tijeras. Payán tomó el teléfono y pidió al Uno más uno que le llevaran dinero. No recuerdo la cantidad. El caso es que nos quedamos en silencio sepulcral hasta que trajeron el efectivo. Marcos agarró sus cosas y se fue. Llegué a estar harta de Marcos Kurtycz, de su exigencia, de sus demandas, pero nunca era de los que llamaban ocho veces al día, eso jamás. Lo suyo era exigir tu entrega. A cambio había recompensas que te llegaban si eras receptivo a sus propuestas maravillosas.

En una ocasión hizo un performace en la explanada del Museo Tamayo. Se trataba de una obra autobiográfica como mucho de lo suyo. La parte plástica de Kurtycz pertenece a una iconografía exterior. Por ejemplo, su tipografía, los objetos que fabricaba, el uso del hacha, los sellos y todo aquello que se vincula a su formación gráfica polaca. Luego está el rostro del abuelo que se repite en los impresos. El abuelo judío víctima del nazismo. En el citado performance llegó al bosque de Chapultepec con un carromato como los de los hot-dogs. El carrito se iba desplegando y metafóricamente se expresaba la casa familiar con una mesa que representaba la cocina. Así iba narrando la historia de la familia. En esas estaba cuando comenzó a caer una tormenta. Dejamos de oírlo. En ese momento sacó de algún lugar un pollo desplumado y comenzó a aventar los pedazos a su alrededor. En un performance nunca sabes lo que va a pasar. La sorpresa fue que comenzaron a acercarse las ratas para comerse los pedazos de pollo que él arrojaba mientras nosotros permanecíamos bajo la lluvia. Era de noche y sólo había una luz alumbrando a Marcos y a su carrito. Todo muy teatral. Como él, como su voz, su acento, su forma de seducir a la gente. Su performance de contenido autobiográfico acababa por reflejar la realidad exterior aunque estuviera hablando de la intimidad de su existencia. Y no cualquiera lo logra.

Conversación con Alejandro Luna

Seguramente conocí a Marcos Kurtycz a través de Ludwig Margules. Y casi desde el primer momento trabajamos juntos.

Recuerdo varias cosas. Por ejemplo, en la obra Lástima que sea puta, se le ocurrió usar un acrílico transparente que puso sobre lo alto de un andamio y allí, sobre esa superficie, trepó a los actores para tomarles fotografías de abajo hacia arriba. Los actores se veían en la imagen flotando en el aire. Sabía colocarse allí, donde nadie más había tenido un punto de vista. Lograba adueñarse de una perspectiva casi imposible. Los actores salían en esa imagen con el vestuario de la obra, responsabilidad de Fiona Alexander. Cada obra de teatro con él era otro experimento. Siempre nos divertíamos haciendo y deshaciendo.

Marcos Kurtycz, antes que cualquier otro, hizo performance en nuestro país. Nadie conocía entonces esos lenguajes, él fue el primero. Después, en el futuro, el tiempo lo alcanzó.

Un día lo llevé a una cena muy formal. El llevaba puesto un saco y en el bolsillo , en vez de pañuelo, un pescado. Una imagen inquietante. Así fue Marcos Kurtycz, con el pescado en el bolsillo y con un hacha en la mano. Saludaba con caravanas, con inclinaciones. Imagínate la escena. Todos en esa cena eran muy propios y se hicieron como que no pasaba nada.

En la ópera Reik’s progress de Igor Stravinsky, con un libreto del poeta W H Auden y cuya puesta en escena estuvo a cargo de Ludwig Margules en 1985, yo me ocupé de la escenografía y Marcos Kurtycz de todo el diseño. El programa de mano, por ejemplo, era un tríptico que al desplegarse se volvía tamaño cartel y era del mismo color que el vestuario. En la puesta, hay un personaje libertino que se casa con la mujer barbada y de allí se nos ocurrió hacer un espacio de hermafroditismo con algunas cosas atroces. En Bellas Artes no les pareció mal, no dijeron nada. Hombres con senos, mujeres con sexo masculino. A Marcos Kurtycz le gustaba hacer escándalo pero, ya te digo, las autoridades no protestaron. En cambio los técnicos sí. La clase obrera es, sin duda, más conservadora. Sus gordas de calendario existen pero en el espacio privado. No en un templo sagrado como el Palacio de Bellas Artes.

Por otro lado, Marcos era muy serio en todo. En el arte, en su trabajo cotidiano. Además fue un inventor de técnicas. Por esa época me regaló unas litografías pero hechas con transfers y con fotos.
En otro sentido, era un romántico a lo Baudelaire o a lo Rimbaud. A veces un dadaísta, un iconoclasta que se dedicaba con devoción a producir imágenes. Y, ya lo dije, un precursor.

El había estado en Cuba como ingeniero electrónico. Marcos era un misterioso adrede, no te contaba toda la historia, ni esa ni otras. Supongo que en algunos aspectos llegó a México atemorizado. No tenía experiencias previas de vida en el capitalismo. Fue construyendo su personaje y lo ejerció como diseñador gráfico y como artista. El sabía de tintas, de imprenta. Mira, para el cartel de la obra Severa vigilancia, usó en vez de papel couché un cartón mina gris de aspecto muy burdo. Sabía lo que uno espera de las cosas e irse por otro lado y sorprenderte. Por cierto, en esa obra fue actor.

En De la vida de las marionetas quería tomar una huella corporal de cada uno de los actores para imprimirla, con sellos de goma, en el programa de mano. Aparecía, por ejemplo, mi mordida. De otros, se podía distinguir una boca, un seno, un puño, unas manos, unos dedos. Resultaba bastante extraño y al mismo tiempo esas huellas establecían un vínculo metafórico con la obra de Bergman, también dirigida por Margules.

Kurtycz estuvo conmigo cuando yo trabajé con Gurrola. Por ejemplo, para el estreno del Teatro Juan Ruiz de Alarcón, él hizo el cartel. En otras palabras, si yo hacía la escenografía, Marcos estaba conmigo y así fue desde que llegó, desde que nos conocimos. La obra con la que se estrenó el Teatro fue La prueba de las promesas del propio Juan Ruiz de Alarcón. Nos dieron un mes para poner la obra. ¡Una locura! Para asuntos de escenografía lo más español que encontramos fue el jaialai. En la primera escena salía un chango, el actor Óscar Yoldi se le veía por momentos sin calzones. En fin, nos clausuraron al mes. El cartel de Marcos era muy acorde con todo ese espíritu. Allí aparecía un Ruiz de Alarcón parecido a Hugo Gutiérrez Vega, director en ese entonces de Difusión Cultural. Cuando decidieron suspender la obra, también suspendieron a Gutiérrez Vega de esa responsabilidad.

 Hicimos también algo raro. ¿Recuerdas el Instituto de Comercio Exterior que promovía a México para sus exportaciones? Bueno, nos encargaron un documental pero en realidad era más bien un comercialote. Discutimos si lo hacíamos o no. Sonaba aburridísimo. Lo que podíamos exportar eran telas, motocicletas, canicas, tubos, pintura tipo Comex, electrónica…Las empresas felices de poder promover sus productos. De modo que, cuando aceptamos, podíamos decir “mándenos un millón de globos, o un millón de canicas” Nos divertíamos mucho pero antes, claro, pusimos nuestras condiciones: usar el objeto fuera de su contexto tradicional. Por ejemplo, había tubos de cobre. No íbamos a enseñar en el documental para qué sirven los tubos, ¿verdad? Entonces nos pusimos a hacer esculturas gigantescas o a construir un instrumento musical. Luego, para el anuncio de telas llamamos a unas modelos guapísimas. Yo sabía más de cine y a Marcos se le ocurrían las ideas más locas. El anuncio de la pintura, por ejemplo, en vez de estar aplicada sobre un muro, Marcos la comenzó a derramar sobre un bastidor. Primero echaba el amarillo, luego el azul y así hasta que se formaba un cuadro. Es la serie más larga, enciclopédica sobre comerciales que puedas imaginarte. En una ocasión pedimos permiso para treparnos al techo del Palacio de los Deportes. Las modelos subían con nosotros. Llevábamos grúas. La serie se llamaba “México exporta”

En Polonia, y eso lo traía Marcos en la sangre, existe una tradición distinta a la nuestra. Un diseñador está más ligado a la pintura, a la plástica. Lo mismo hacen escenografía, vestuario, cartel. En México no existe esa costumbre. Marcos Kurtycz abarcó, como el artista que fue, distintos registros y todos con una inventiva y un sello inconfundible.

Conversación con Helen Escobedo

Marcos Kurtycz era un hombre agresivo, desafiante pero también cariñoso. Después de ser un mandón y de irrumpir, por ejemplo, con un hacha, podía salirte con una sonrisa abierta, maravillosa.

Me sentí entusiasmada cuando lo encontré en la Casa del Lago. Me impresionó lo que hacía con su público. Recuerdo haber subido la mirada porque él estaba arriba de un árbol. Traía ¿cómo explicarlo? unos cinchos de paracaidista. Le colgaban unas bolsitas del cuerpo que uno no identificaba del todo. Después te dabas cuenta que esas bolsitas eran de tinta. Llegado el momento las perfora para escurrirse y chorrearse de arriba abajo. Hecho un asco se quita el equipo y no me acuerdo si se mete al lago en cueros o si sólo en paños menores. Ahí, en el lago, se limpia. Por supuesto, había elegido unas tintas que no dañaran las aguas.

Marcos Kurtycz fue un precursor de esos lenguajes. Un día en el Museo de Arte Moderno, después de haber tenido muchas conversaciones de proyectos en común que nunca aterrizamos, llegó hecho una furia. Yo estaba apenas hallando mi lugar, enterándome de lo que había qué hacer, era nueva en la dirección del Museo.

El irrumpe en mi oficina y pega un manazo en mi escritorio. “Te voy a bombardear”-me dice. “Un año entero, los 365 días”. Dicho esto se da la media vuelta, pega un portazo y se va.
Al día siguiente recibí la primera llamada “carta bomba” al Museo de Arte Moderno. Eso significa que no la mandó por correo postal como la mayoría de las subsecuentes que envió, religiosamente, durante un año completito. Muchas llegaron a mi casa de San Jerónimo. No exagero. Una cada día. Sin fallar. El cartero veía aquellos sobres con sellos y cosas y seguramente pensaba que era la correspondencia de un amante. “¿Qué, seño….ya le llegó otra cartita?”

A veces no tenía tiempo ni para abrirlas, se me iban apilando. El temperamento de las cartas-bomba era variado: a veces poéticas, a veces rabiosas, a veces grotescas: nunca sencillas. El sobre podía venir plano o así de choncho, en tal caso sabía que el papel traería un sinfín de dobleces. Con decirte que una de las serpientes enviadas, de puro papel doblado, mediría, no sé, unos dos metros.
Te confieso que no sabía qué hacer. Si darle las gracias, si contestarle, si iniciar un diálogo a partir de sus bombardeos: decidí no hacer nada.
Algunas de las que llegaban al Museo las apilaba en una caja de cartón y apenas me las devolvieron hace algunos años. Al salir del Museo olvidé sacar esa caja de allí. Como te digo, fueron tantas, nunca falló, ni un solo día siquiera…

Marcos había iniciado una relación conmigo tiempo atrás, en los años en que dirigí el Museo Universitario de Ciencias y Artes (MUCA). Creo haber entendido lo que él se proponía hacer e igualmente sé que él se vinculaba con mis propuestas. De alguna manera me convertí en un factor de empuje para su tremenda creatividad o al menos para esa en específico. Déjame decirte que él jamás se atrasó en el envío de sus bombas. A veces creo que cuando se ponía a fabricar esas cartas hacía varias a la vez. No lo sé, pero a mí jamás me llegaron dos juntas, hecho que hablaba bien del correo postal mexicano, años antes del ciberespacio.

Un día en el MAM estábamos en plena inauguración. Presentábamos diversos libros de artista. De repente se acerca el guardia y me dice: “Maestra, llegó un loco con un hacha”
-“Déjelo pasar”. Yo sabía que era él. Entró con su overol color blanco cargando su hachota al hombro. En el otro brazo llevaba una caja grande de madera. Así entró gesticulando y murmurando quién sabe cuánta cosa. De pronto, en una esquina, deja caer su cargamento con un ruido seco. Lógicamente nos atrapó. Comienza así a desplegar su objeto: saca el poste de una silla como si fuera una pata. Una parte de la caja la convierte en el asiento y él, por la postura que toma, se convierte en silla. Por el respaldo se asoman sus ojos (porque él queda detrás). La silla, por decirlo de alguna manera, está amarrada a su cuerpo. En esa posición comienza a llamarle al guardián con señas de “siéntese, cabrón, si no lo voy a aplastar”. Finalmente alguien más se sienta en sus “rodillas-silla”, creo que fue Macotela, no estoy segura, Luego ensayan otros y otros más. Por ahí andaba su nena de unos cinco años. En eso se le acerca un reportero y le hace la clásica pregunta de -maestro Kurtycz, usted ¿qué está representando?” Silencio. -Mire, es una entrevista para el diario… No obtiene respuesta. -Señor Kurtycz, lo estoy grabando. Y así sigue y sigue intentando lo imposible hasta que Marcos jala a la niña del vestidito y quizá le dice algo al oído o quizá ella por sí misma, no me acuerdo bien, le responde al periodista de modo contundente ay. pero ¿qué no ve que las sillas no hablan?”. Dicho esto, Marcos recogió y dobló sus cosas y se fue sin decir palabra. El público quedó encantado y el reportero como chancla.

Años más tarde yo puse una instalación en Chapultepec. Eran 100 metros de un camino de basura, allí, donde caminan los paseantes del parque. La basura estaba recién pintada de negro para que se viera quemada.

Estaba a punto de inaugurar cuando veo a un tipo en estado lamentable, sentado en la basura misma. Llevaba un sombrero gris, tejido. Me le acerqué a pedirle que se moviera. No se inmutaba ni me respondía. “Lo voy a tener que sacar, señor, estamos por inaugurar”. Me acerqué aún más cuando este hombre volteó para enseñarme la otra mitad de su cara. Estaba con vendajes en el cuello. ¡Eres Marcos! ¿qué haces aquí? Salte inmediatamente. Esto te va a hacer daño, te vas a infectar, ¿qué no ves que es basura? Lo acababan de operar de un tumor en el cerebro. Se levantó erguido, sin mirarme. Traía una pancarta en defensa del bosque y comenzó a repartir tarjetas de “cuidemos el bosque” o algo parecido. Hizo su performance y se fue, como siempre, sin decir palabra. Alguna vez le comenté a Ana, su mujer, que después de su operación, Marcos parecía más sereno. Me daba la impresión que era más fácil hablar con él. Ella me dijo que no. Sea lo que fuere, Kurtycz creó una dinámica muy particular, le llegaba mucho a los chavos: a los de mi generación, no tanto. Yo fui testigo de cómo inspiraba a artistas más jóvenes, en cambio los mayores no entendían su aparente violencia. Adoraba trabajar con fuego, por ejemplo. Marcos era un artista fuera de convenciones tanto como diseñador, performancero y seguidor de su propia pasión y energía.

A veces me imaginaba que su casa era un tilichero y así se lo expresé alguna vez a su mujer. Eso era fácil de deducir al ver los collages, lo que iba juntando para sus obras, para sus cartas-bomba. Podía imaginar todo lo que guardaba en su casa. Supe que tenía hasta serpientes.

Marcos Kurtycz no fue acogido por instituciones, simplemente porque no les interesaba. No fue comprendido en su momento. Su público era acotado: gente joven. Sus seguidores eran setenta, cien personas. Era en toda forma, un maravilloso artista de culto con una ética inquebrantable.

Alguna vez, un artista conocido, contemporáneo suyo, llegó a la Tate de Londres enfundado en una máscara. El guardia lo paró y le dijo que así no podía entrar. El artista pidió hablar con el director. -Dígale que llevo esta máscara porque tengo la cara quemada- le dijo para lograr su cometido. Eso es algo que Marcos Kurtycz jamás hubiera hecho, ¿me explico?

Conversación con Flora Botton

Marcos, más polaco que el vodka, conoció a Mercedes, su primera mujer, en Cuba. De allí se regresó a Polonia y ya después se vino a México. Hablaba algo de español por su estancia en La Habana. Tenía un talento brutal para las lenguas. Aprendió a escribir más que correctamente inglés y desde luego español. Lo conocí en el Centro Deportivo Israelita, lugar que ninguno de los dos solía frecuentar. Estábamos haciendo un disco LP con textos del Popol Vuh y Marcos iba a diseñar la portada. Te hablo de 1973. La grabación se prolongó muchísimo y salimos muy de madrugada. No me acuerdo qué pasó pero volvimos a vernos. Supongo que me pidió mi teléfono a algo así. Enseguida descubrimos amigos en común, a Ludwig Margules por ejemplo y a tantos más que hasta nos parecía extraño por qué tardamos tanto en conocernos. Me enamoré perdidamente de él, tanto así que al mes ya vivíamos juntos. Nos pusimos a buscar una casa todos los días y la encontramos en San Ángel por pura casualidad. Había un letrero miniatura que decía “se renta”. Al entrar a conocerla supimos que nos íbamos a quedar en esa casa y así fue durante los cinco años que fuimos pareja.

Marcos Kurtycz era distinto a todas las personas que yo conocía: decidido, arbitrario y sobre todo con una creatividad desatada, enloquecida. Era un remolino, no paraba ni un segundo.
Antes de mudarnos, Marcos fue a visitarme al departamento de la colonia Condesa donde yo vivía. Llegó con Anna, su hija de tres años. Todavía recuerdo el impacto de su presencia.
Anna es mi hija y la hija de su madre. Sus hijos son mis nietos y en cualquiera de los destinos donde ha vivido yo la he ido a ver. Soy su segunda mamá y ella mi única hija.

De Marcos me cuesta trabajo hablar. Lo quise muchísimo y siempre nos seguimos viendo. El fue parte esencial de mi familia aunque ya no éramos pareja. Recuerdo cuando se murió mi perro. Marcos vino por él y se lo llevó a enterrar. Una vez una rata se metió a mi casa ¿y a quién le hablé? ¿ a los fumigadores? No, a Marcos. Alguna vez choqué y Marcos me dejó su coche. Marcos por allí y por acá. Sin embargo, como pareja fuimos un desastre. A cada rato movía los muebles porque siempre necesitaba disponer del espacio para sus cosas. Como huracán y torbellino era tremendamente invasivo, pero también puedo asegurarte que así, con intención, nunca le hizo daño a nadie. Podría llevarte entre las patas pero no con ganas de fastidiar. Durante el tiempo que vivimos juntos por suerte no tuvo su época de las víboras porque yo les tengo fobia. Aunque cada quien hacía sus cosas yo solía involucrarme en sus proyectos. Sacaba fotos, le ayudaba a documentar sus happenings y en alguno que otro proyecto sí participé activamente. ¿Recuerdas el Cine París allá en Paseo de la Reforma? A la salida del cine Marcos instaló un escritorio pequeñito con su silla y una máquina de escribir Lettera 22. Yo me senté de frente al camellón y comencé a escribir muy concentrada. La gente se acercaba a ver qué estaba yo haciendo mientras Marcos tomaba fotos del suceso. Si me preguntaban qué hace usted, yo escribía qué hace usted, si me preguntaban si trabajaba en una oficina escribía tal cual la misma pregunta. En este mundo tan ordenadito, tan lleno de reglas, someterse al torbellino Marcos Kurtycz era algo extraordinario. El final de nuestra vida en pareja fue catastrófico, típico de cuando la gente se quiere pero ya no puede estar junta. Siempre mantuvimos un punto de unión en parte gracias a Anna. Y todos, hasta la mamá de Anna, querían que yo la siguiera frecuentando.

En nuestra forma de vivir siempre Marcos hacía maravillas. recuerdo un domingo que estaba lloviendo. Teníamos el lavadero afuera. De pronto Marcos salió y al regresar se trajo unas vigas de aluminio y hojas acanaladas de fibra y le construyó al lavadero un techo. Necesitábamos una estufa porque la cocina sólo tenía quemadores. El horno costaba más que la estufa. Ambos teníamos vochos, así que lo cargamos en el coche de mi mamá porque era más grande. En un rato quedó resuelto el asunto porque para él resolver ese tipo de asuntos era pan comido. A cambio, todo giraba en esa casa, todo perdía su lugar, todo tenía un carácter portátil. Yo sabía muy bien que estaba viviendo con un artista de gran vigor. No había duda. Los dos trabajábamos para el Fondo de Cultura Económica. Cuando me invitaron a colaborar allá, pedí una licencia en la UNAM y entré a dirigir unas colecciones literarias. Salíamos de casa juntos y, eso sí, cada quien llegaba a otro edificio. El tenía un espacio para preparar y diseñar unas colecciones. Digamos que Marcos hacía para el Fondo un trabajo libre, sin horarios pero que le llevaba todo el día. Nos encontrábamos para cenar.

Marcos era menos amiguero de lo que parecía. Mucha gente lo consideraba un gran amigo pero no siempre eran correspondidos. De quien fue íntimo, sin duda, fue de Ludwig Margules. Hablaban mucho de Polonia, de los artistas polacos, de la forma en que cambió la realidad de su país y de las condiciones de trabajo para los artistas. Ludwig, de origen judío, le hacía bromas porque la madre de Marcos también lo fue pero se convirtió para casarse con el padre de Marcos. Se apellidaba Tiefenbrunner. A Marcos no le gustaba que lo relacionaran con ninguna religión. Yo le hacía bromas de que seguro había sido monaguillo y que Woytila le había dado clases en Cracovia.

En una ocasión hicimos un viaje extraordinario a la sierra entre Jalisco y Nayarit, a un pueblo huichol que se llama San Andrés Cohamiata, un sitio incomunicado. Fuimos con un poeta portugués amigo de Marcos muy neuras, lleno de pastillas para los nervios, para dormir, para despertar… Ese pueblo no tenía ni tiendita Consaupo. Las provisiones llegaban por avioneta. Puedes imaginar que el lugar era apartado y solitario. En ese escenario nos ofrecieron probar peyote y resultó una experiencia extraordinaria. Podíamos tocar con los ojos, el oído estaba tan sensible que era capaz de percibir el roce de tu pie contra la hierba. Esto en cuanto a Marcos y a mí, porque el portugués tuvo un viaje malísimo. Esos días fuera de la civilización, en que absorbíamos todo, fueron un regalo. Recuerdo que en pleno viaje de peyote pasamos al borde de una barranca altísima como de 500 metros. Abajo había un pueblo que estaba en fiesta. Marcos, aún en ese momento, sacaba y sacaba fotografías. Como te digo, pasara lo que pasara él nunca dejaba de maquinar.

Marcos Kurtycz se casó dos veces. La primera con Mercedes Escamilla y la segunda con Ana García Kobeh. Con ambas tuvo una hija, Anna y Alejandra. Curiosamente yo estoy muy cerca de todas ellas.

Conversaciones con Marcos Kurtycz – Ana García Kobeh

Un día cuando trabajaba en el Foro de Arte Contemporáneo a finales de los setenta, allá en la calle del Oro cerca de La Cibeles, entró un sujeto extraño. Yo estaba en el segundo piso flanqueada por Arnold Belkin y Enrique Bostelman. El señor en cuestión vestía todo de azul ,estaba rapado y tampoco tenía cejas. Los zapatos y el cinturón estaban pintados y la camisa y el pantalón eran del mismo tono. O sea: todo azul. “¿Y ese quién es?” le pregunté a Bostelman. “Ese es puto” me contestó sin siquiera voltearme a ver. En realidad Bostelman lo conocía y lo apreciaba. De ahí la broma. Habían hecho juntos el libro de Ciudad Sahagún (que, dicho sea de paso, se ha vuelto un ejemplar difícil de conseguir).

Yo tendría entonces unos 27 años. Cuando Bostelman y Belkin se fueron de la galería me senté en el escritorio a sacar mis pendientes de trabajo. El tipo extraño se acercó, sacó de la bolsa de su camisa un libro dorado. –Ábrelo- me dijo. En las primeras hojas aparecía el dibujo de un tigre. En ese momento él le trazó arriba de las orejas un globo de esos que llevan los comics y escribió mi nombre . Volteó a verme y me dijo “el tigre piensa en ti”. Así entró en mi vida Marcos Kurtycz.

No puedo negar que enloquecí. Quedé tocada por su voz, su presencia. Me invitó a comer y allí empezó un vínculo que transformó mi vida. Duré poco en esa chamba porque durante una acción que se llamó “Muertos en el foro”, Marcos hizo una especie de “sacrificio”. La alfombra se quemó por el ácido fluorhídrico que usaba en el performance. Ese mismo día me corrieron.

Nos casamos bajo el rito maronita. Durante años me dediqué a trabajar con él en todo. Marcos tenía una vida particularmente activa en el mundo editorial, ya sea en el teatro universitario donde se encargaba del diseño y la producción de todos los programas y carteles, como en la hechura de libros. Recuerdo, por ejemplo, el cartel que sirvió para inaugurar el Teatro Juan Ruiz de Alarcón o para la obra Lástima que sea puta. En el ámbito del teatro siempre hizo equipo con Juan José Gurrola, Alejandro Luna y Ludwig Margules, pero también fue el diseñador de las obras de Manolo Fábregas. “Es mi ganapan” solía decir. Su colaboración con editoriales era amplia. Diseñó, por ejemplo, el logo de Nueva Imagen o el que hasta la fecha sigue usando Editorial Diana. Era alguien que siempre tenía las manos ocupadas y la cabeza no dejaba de girarle a toda hora. Mientras hacía el diseño de un libro, simultáneamente hacía un proyecto personal. Poco a poco lo segundo fue ganando terreno. Solía distinguir con bastante claridad la chamba del trabajo y no tenía duda respecto de las jerarquías de ambas actividades.
Paralelamente a su chamba, comenzó a producir acciones, libros de artista (hubo una temporada en la que se propuso hacer un libro diario), instalaciones. En este rubro yo estuve muy involucrada con él. Es decir, entre el 79 y el 82 el cien por ciento de mi tiempo estuve metida con esos proyectos, registraba los hechos o le ayudaba en sus acciones callejeras.

En 1980, por ejemplo, se hizo un performance patrocinado por el CREA y Canal Once que tenía un matiz lúdico. Lo digo porque la mayoría de sus acciones se recuerda más bien con un carácter estridente, ¿me explico?
En esa ocasión, detrás de un panel, cortó dos huecos, sacó los brazos y con una pluma gruesa dibujó un retrato a ciegas. Esas dos manos era lo único que estaba a la vista del público. A partir de esto, Marcos retomó el leit motiv que apareció en otras acciones. Me refiero a su infancia como polaco en la guerra y a la forma en que eso cimbró su vida. En una autobiografía escribió solamente diez líneas y la primera decía: “mi primera experiencia fue la Segunda Guerra Mundial”. Muchos de sus libros de artista remitían a su familia polaca. La rama paterna de su familia era de comerciantes de caballos y la imagen del abuelo con sombrero y traje oscuro fue muy recreada en distintas piezas.

En la vida cotidiana, durante todos los años que vivimos en pareja, permeaba siempre esa actitud de acción, las 24 horas del día. La casa y el taller estaban juntos. No había una línea divisoria que marcara dónde empezaba y terminaba esa frontera. Quienes nos visitaron durante todos esos años, recordarán las charolas que preparaba Marcos. Siempre eran una propuesta estética en la que juntaba objetos disímbolos. Traía el té y el azúcar pero con trastos ilógicos, siempre en torno a una composición. Ah. Y el té, claro, como buen polaco, servido en vaso, nunca en taza.

Nuestra hija nació en 1982. Durante sus primeras fiestas de cumpleaños, Marcos desplegaba sus mejores trucos, en ocasiones excesivos. Una vez llenó la piñata de explosivos y los niños de la fiesta lloraron de susto. En otra fiesta se subió a una antena de una altura indescriptible Puso a volar unas tiras tratadas químicamente. A la hora de colocarles un cigarro encendido, el papel se comenzó a quemar de tal forma que comenzaron a salir palomas desprendidas del papel. Era impresionante verlas volar desde lo alto. Yo casi me muero de verlo trepado a esa distancia.

Para hacer su trabajo, Marcos Kurtycz juntaba todo. Por eso nuestra casa era como la residencia de un pepenador. Imagínate, para hacer un libro diario traía, por ejemplo. todos los residuos de la imprenta. Jamás llegaba a casa con las manos vacías. Teníamos cajas de fibra para tallar los trastes, láminas de unicel, moldes de madera de una antigua fábrica de piezas para ferrocarril, miles de metros de fibra de vidrio y todo el material impreso del cual podía echar mano. Iba al centro y conseguía viejas libretas de contabilidad, hojas sueltas de libros antiguos, papeles raros, estampitas alemanas, estampitas religiosas. Más adelante comenzó la verdadera fauna: una tarántula, una viborita y después una serpiente de dos metros de largo. Vivíamos los tres rodeados de toda esa lluvia simultánea, así que en medio de todo ese caos creativo yo tenía que hacer funcionar el hecho vulgar, simple y cotidiano de comer tres veces al día.

No sé en qué año me compré un mueble precioso de principios de siglo. Aún lo conservo. Una noche cuando llegué, Marcos le había serruchado el fondo porque pensaba hacerle a la niña un teatrino.
Para fabricar sus máscaras, con frecuencia usaba mis cosas. Un día encontré una moneda griega que me había regalado una amiga, una cartera y cosas así. También deshizo un cinturón nuevecito y aprovechó la hebilla para fabricarme un collar. Tenía esa manía de transformar las cosas.

Una amiga de mi hija se quedó a dormir. Marcos quitó todos los libros y objetos del librero y colocó a las niñas acostaditas en los entrepaños para hacer una serie de fotos que hoy forman parte del archivo.
Para él la vida y la obra eran lo mismo, siempre permanecían enlazadas. Por eso se explica la presencia de todos esos elementos de acción en su vida cotidiana, en su vida familiar, de amistad o de trabajo.

Ese mismo principio estaba presente el día que lo conocí cuando se sacó de la camisa aquel libro dorado que hizo por ahí de los años setenta junto con su hija Anna. Fui testigo varias otras veces del mismo acto, como quien da una tarjeta de presentación. Cualquier persona que tenga el libro recordará esa frase tantas veces dicha y repetida: “el tigre piensa en ti”.
La vida y la obra de Marcos Kurtycz fueron eso: una misma línea de acción.